Los padres aún esperan justicia

Ella no viajó a California, en Estados Unidos; tampoco estuvo en Oaxaca y mucho menos fue a visitar las granjas porcinas de La Gloria, en Perote, Veracruz, pero un día se sintió mal, muy mal. Salía de un cuadro de varisela y pensaron que había sido infectada por algún virus; por lo menos eso les dijeron en la primera visita al doctor en la zona de urgencias de la Clínica de La Raza.

Ese día, Marlene, de apenas cinco años de edad llegó al Hospital de la Raza del Instituto Mexicano del Seguro Social con una temperatura de 39.5 °C, después de arrastrar una infección en la garganta durante varios días. El doctor Roberto Peña, de urgencia de ese centro hospitalario, les dijo a sus padres que debería quedarse internada la niña para realizarle algunos estudios. Por la tarde, el diagnóstico había cambiado; ahora se trataba de Leucemia, apenas a unas horas de su ingreso y sin  resultados completos de laboratorio de por medio.

Marlene fue transferida  al área de Hematología. Allí le realizaron todo un perfil para su diagnóstico. El doctor Elio Aarón Reyes Espinoza había girado ya la instrucciones para ello. Pasaron las horas, la pequeña se deterioraba en su estado de salud. La temperatura no cedía; no comía, no había apetito, como no lo hubo desde antes de su ingreso al hospital.

Un día más. Entonces hizo su aparición la doctora Adolfina Verges García, quien dijo a los padres que deberían realizar un aspirado de médula ósea. Se práctico el aspirado y la situación empeoró. La niña se vio disminuida. Era evidente que su estado de salud caía minuto a minuto, hora tras hora.

Pasaron 24 horas más; la misma doctora Verges pidió llevar a la menor a Otorrinolaringología. Uno de los médicos en turno sugirió a la doctora Verges realizar una tomografía y sacar unas placas a Marlene para precisar un diagnóstico de manera más acertada. Comenzaban a preocuparse, a dudar, que el primero de Leucemia no fuera adecuado a los síntomas que presentaba la niña.

Las placas y la tomografía no arrojaron evidencias de Leucemia, por lo que la doctora Verges García hizo ver la necesidad de realizar un segundo aspirado de médula ósea. El resultado fue elocuente: Marlene no tenía Leucemia Linfoblástica, como había sugerido desde un principio el doctor Roberto Peña.

Había que buscar la causa de este estado de salud tan delicado en que se encontraba la pequeña  Hinojosa Ramírez. Entonces la doctora Verges ordenó realizar un nuevo perfil de la paciente “éste debería ser completo” y el mismo incluía una biopsia de ganglios. Se practicó. Los resultados fueron los mismos. No había evidencias para hablar de esa mortal enfermedad. Sin embargo al día siguiente, la doctora en turno, la doctora a la que sólo conocemos por su apellido, Solís, confirmó a los padres que Marlene tenía Leucemia, pero que habría que corroborarlo con pruebas de laboratorio. “Hay que hacer un tercer aspirado de médula ósea para conocer el grado y tipo de Leucemia que tiene”, dijo la galena.

Aquí empezó el declive de Marlene. Sus momentos estaban contados ya y el diagnóstico era titubeante aún. Pese a ello, y a siete días ya se su ingreso al hospital de la Raza y de tanto ajetreo por los estudios de laboratorio y Rayos X, la pequeña dio muestras de querer vivir. Amaneció más animada. Pidió de comer, pudo hacerlo brevemente. La temperatura había cedido. La instrucción estaba dada. Había que hacer el tercer aspirado. La Doctora Berenice Sánchez presuntamente lo realizó. Eso tronó a la niña. Su aparente mejoría decayó inmediatamente.

Gran impacto causó entre los padres el dicho del doctor Elio Aarón, quien con los resultados en su poder dio su diagnóstico: “en ninguno de los tres aspirados se detectó la existencia de signos de Leucemia” y se inclinaba más por la existencia de un virus, lo mismo que habrían dicho desde el primer día de la llegada de Marlene a la Raza. Sin embargo, la niña nunca fue trasladada a infectología.

Los padres de Marlene, Ana María Ramírez y Armado Hinojosa, extrañados, confundidos, entristecidos, recurrieron a la doctora Adolfina Verges  García; ella se negó a darles una explicación, es más, a decir de la madre, los ignoró. Mientras la chiquilla se extinguía, veía pasar las horas y su cuerpo sufría un sinnúmero de transformaciones en lo interior y en lo exterior. El traumatismo generado por los estudios tan intensos y repetitivos había hecho mella en su organismo: se inflamaron el abdomen y las encías. Por dentro sentía la muerte.

Era el día 10 dentro del Hospital, la alternativa era ir a visitar al subdirector del nosocomio. Reportaron todo el proceso que había sufrido la pequeña Merlene desde que llegó hasta ese día. Los padres de la niña fueron reprendidos por la doctora Adolfina Verges. Las cosas no cambiaron en la salud de la niña.

Las contradicciones siguieron. y mientras Merlene caía cada vez más en su estado de salud, los doctores no atinaban a donde llevarla, donde atenderla, por donde recomenzar. Que en Terapia Intensiva, dijo una doctora; Que hay que realizarle una biopsia  de ganglios, dijo el doctor José Luis Quintero. Finalmente la última palabra la tenía la doctora Verges García; decidió el traslado a Terapia Intensiva y como una seguridad de lo que lo que estaba dictando en favor de la menor era lo acertado, dijo a la madre: “me corto una mano a que no es Leucemia y se trata de una infección viral”.

Los padres volvieron a ver a su hija hasta pasadas las seis de la tarde, hora de visita en Terapia Intensiva. Marlene estaba amarrada a la cama, lo cual trataron de disimular cuando vieron acercarse a la madre, una enfermera la desató al instante. El pañal estaba sucio. Su madre, Ana María, le cambió el pañal y se percató de que la pulsera plástica con su nombre –la que les ponen para identificarla a su ingreso al hospital ya no se encontraba en la muñeca de la niña… estaba entre sus partes íntimas. La madre enfureció por ello, pero se contuvo.

La doctora Vargas, entonces, pidió le firmaran un documento, supuestamente para introducirle un cateter a Marlene. Esta misma doctora había asegurado horas antes que en Terapia Intensiva la niña tendría los mejores cuidados y que estaba garantizada su sobrevivencia. Era evidente que no fue así.

Una hora más tarde Marlene ya estaba entubada para poder respirar y evitar así un posible infarto. Desde entonces fue sedada, ya no habló… ya no despertó… Marlene murió a la mañana siguiente.

Los doctores dijeron que fue una hemorragia pulmonar a consecuencia de una depresión medular. El posible contagio por un virus nunca fue atendido. Infectología quedó muy lejos del alcance de Marlene

Entonces no se había dado la alerta generalizada de una posible epidemia por el virus de la Influenza AH1N1, aquel que se llamó de origen porcino y que mantuvo a la sociedad en zozobra por que se desconocen sus consecuencias, aquel que se reconoció su existencia tres meses después.

Era el 4 de enero cuando Marlene ingresó al Hospital de la Raza. Murió, sin salir de ahí, 16 de enero de 2009.

Los padres pidieron una explicación y demandaron sancionar la negligencia de los médicos. Su solicitud no tuvo eco, quizá estos médicos ande por ahí, quizá haciéndola de médico. Esperemos que no haya habido más víctimas entre sus manos. Los padres aún esperan justicia.