“Hoy la Gente de Troní­o Viste de Alpaca” (2)

Pero León Roberto Garcí­a, como decí­a “Polo” Mendivil, pudo haber sido uno de los mejores periodistas de México. Y sí­, desde hace varios años trato de recobrar un artí­culo de él, el único que vi cuando lo entregó a la redacción de Unomásuno y que se publicó en Tiempo Libre. Allá en enero de 1980. Ahora, gracias a la atención de la señora Patricia Camacho, responsable del archivo histórico de esta revista del Ocio, lo tengo en mi poder.

Leo como refiere a cada una de las cantinas, en las que quizá él anduvo deambulando en alguna ocasión y me gustó la forma de plantearlo, porque sólo nos habla de las grandes personalidades que desfilaban por esos lugares, muchos ya desparecido, otros cambiados de nombre.

Dice León Roberto García en “la caminera”:
“Abel Quezada lo ha relatado: conoció a Ernest Miller Hemingway en el bar del Hotel Ritz en París. Justo en el sitio -dicen las viejas consejas sobre Hemingway quien fue, a no dudarlo, el mejor de sus personajes-, que el autor de A Farewell to arms, liberó, con un grupo de amigos, muchas horas antes de que los Aliados entraran a la capital francesa y dieran fin a la ocupación nazi.

Fabián, el barman del Ritz, recuerda a Quezada, a quien escribió Los Asesinos, siempre en la barra e invariablemente armado de un escocés doble. Eso en Parí­s. En Roma -obviamente en el Harry’s Bar-, un negrone. Y en la Habana, desde luego en el Floridita o en la Bodeguita del Medio, el clásico daiquirí­ o en el indispensable mojito.

Don Ernesto -como lo llamaban en Cuba- no conocía el Jena de la ciudad de México. De haberlo visitado habría, seguramente coincidido con Quezada, con Jorge Dí­az Serrano, con Luis Barrera Fuentes y se habrí­a deleitado con el extra seco martini, especialidad de Serafín, que nada tiene que envidiarle al gibson que prepara Chava en la barra del Bar Jardín.

Pero el Jardín es un bar de mediodía. Frecuentado -en los viejos y para muchos añorados tiempos de César Balsa- por personajes tan conocidos como Agustí­n Barrios Gómez, Álvaro González Mariscal, Rodolfo Landeros, Daniel Dueñas, Gonzálo Andrade y una gran cantidad de polí­ticos, hombres de negocios, cuentistas y, en general, toda la fauna que puebla la llamada Zona Rosa y con quien es posible coincidir en el Inglés, en Focolare, en Passy, en Rivoli, Delmónicos o La Calesa (de Londres) y quien ha cambiado el picadillo a la cubana del Jena por la crema de aguacate que prepara Miguel Ángel Ortega.

Pero esa es la Zona. Ese es el intento -fallido-, por lograr que los mexicanos puedan considerarse tan sofisticados como los habitantes de Nueva York o San Francisco. Bares a dónde la gente va a ser vista. Las cantinas -donde tantas componendas polí­ticas se fraguaron en este paí­s antes de que el general Rodolfo Sánchez Taboada inventara los “desayunos polí­ticos”- están allá, en el viejo centro, cerca de La Luz y sus panecillos negros con carne cruda, rodeando al Bar Alfonso y sus caldos “levanta muertos”, a La Opera donde se extraña la figura de Bernabé Jurado y al Submarino, justo contra esquina de la Cámara de Diputados, donde en la época brava tantas y tantas pistolas fueron desenfundadas.

Eso fue en el Submarino. Eso fue en los tiempos de Gonzalo N. Santos y, en mucho, de Renato Leduc. Lo fue, como también habrí­a de serlo -a espaldas del Regis y la obligada polla en el turco- el Cine Club, donde desde Jorge Negrete, hasta su tocayo Jorge Rachini -sin olvidar a los legendarios Remington y el Guero Bastillas-, hicieron época junto con los polí­ticos y las figuras -cuando de verdad existían-, de la torterí­a.

Los tiempos han cambiado. Hoy la gente de troní­o (N. del R. gente de clase) viste de alpaca y se ha convertido en zoneíta (N. del R. El zoneí­ta era una persona racista, conformista, xenofóbica, y de mentalidad cerrada). Permanece -último de los bastiones-, La Mundial. Ahí­, donde desde las primeras horas de la mañana, es posible encontrar a los diaristas que, tal vez, por la noche, dejarían la Bella Mundis, como le llaman cariñosamente, para reunirse en el Amba y recordar pasados tiempos: los de Carlos Denegri, los de Rodrigo de Llano. (CONTINúA)